Cuando un cáncer de páncreas se diagnostica como gastroenteritis, sabes que estás en la Seguridad Social

21 Marzo de 2016

He tenido que dejar pasar un tiempo prudencial antes de lanzarme a escribir esta entrada y, aunque el dolor acompañará cada palabra que aquí estampe, el tiempo para la reflexión me ha ayudado a poner en perspectiva la visión que tengo acerca de la Seguridad Social sin demasiada visceralidad. 

Hace casi ocho meses, una persona de mi familia comenzó la ronda de visitas a su médico de cabecera, relatando un gran malestar en su interior que apenas la dejaba respirar. Dolor de abdomen, de espalda, problemas digestivos, náuseas… Una gran lista de síntomas que su doctor consideró solventable con Ibuprofeno. Sí, Ibuprofeno.

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Las visitas al médico de cabecera en las semanas siguientes, buscando desesperadamente que se la derivase a un especialista para realizar una ecografía abdomminal, fueron constantes. Los diagnósticos entonces pasaron por gastroenteritis y hasta una hernia, como los más notables a mencionar. Y no, no se  la derivaba ni aun suplicando.

Meses después del comienzo de la peregrinación casi diaria al centro de salud, esta persona fue encontrada en el suelo de su casa sin conocimiento hasta que una ambulancia la llevó a urgencias. ¿En urgencias? Más de lo mismo: “señora, cúidese y coma sano, que esto no es nada”. Comentan mientras vemos a enfermeros y más enfermeros pasar más preocupados de sus smartphones que de la gente allí presente…

Ya en casa el malestar continuó. ¿La decisión? Dirigirnos a un centro privado por nuestra cuenta y con absoluta desesperación para realizar esa ecografía previo pago. ¿El resultado? Cáncer de páncreas señores. Y no solo eso, de pecho también.

Con el informe del especialista privado regresamos a urgencias. ¿Pueden darnos alguna explicación? “No, pero la cosa está jodida, así que quédense por aquí porque no queremos pillarnos los dedos de nuevo y la ingresaremos en cuanto surja una cama…”.

Tras 3 semanas ingresada y con tratamiento exclusivamente para el dolor (aka parches de morfina), según los diversos doctores que entraban y salían de la sala porque “se estaba estudiando su caso para decidir la mejor medicación”, deciden darle el alta y que se vaya a casa (de nuevo) porque “no sabemos cuándo comenzará su tratamiento y es mejor que se dirija al hospital oncológico para ello”.

¿Mande? [cri cri, cri cri…]

En casa dos semanas más, ¡sin tratamiento!, hasta que hoy por fin comienzan a tratarle el pecho con quimioterapia. Del resto, no sabemos nada, solo que el cáncer está demasiado extendido para ser operado ya y cada cual intenta escurrir el bulto como puede.

Y ahora que lleguen los más puristas a decirme que si los mejores médicos trabajan en hospitales públicos o si las ranas bailan flamenco, porque no siendo esta la única experiencia deplorable que tendría para contar acerca de la mala praxis o negligencias médicas de la sanidad pública (aunque desafortunadamente sí la más dramática y dolorosa), me callaré por el bien de la demanda que les va a caer en breve, damas y caballeros.

¿Y después nos preguntamos por qué la gente se va al privado? Yo, sinceramente, no. Y, con esto, me tomaré un vodka. ¡Salud! que es lo que nos falta.

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